|
Lisboa,
construida sobre una sucesión de colinas y con las aguas del
estuario del Tajo como fondo, tiene todo el aspecto de una ciudad del
S. XVIII: elegante, abierta al mar, proyectada con esmero y transitada
por una asombrosa red de antiguos tranvías, funiculares y ascensores.
Desde el río se imponen la colosal estatua de Cristo con los
brazos abiertos, como la de Río de Janeiro, y uno de los
mayores puentes colgantes del mundo. Es una ciudad que gusta al primer
golpe de vista, con aire acogedor, provinciano y humana en ritmo y escala.
Aunque ya está integrada en Europa, la marcha por libre, de décadas
anteriores, ha hecho de ella una población de carácter
particular, fuerte, que no ha caído en la homogeneización
de otros lugares de occidente. En realidad, esta es una característica
de todo Portugal.
Milenaria, su historia se remonta a la época de los romanos y,
seguramente, de los fenicios. En la Edad Media pasó a ser dominada
por los árabes, que la bautizaron al-Usbuna. La reconquista cristiana
ocurrió en el 1147, y en el 1255 Lisboa pasó a ser la
capital del reino, en detrimento de Coimbra. con el transcurrir del
tiempo, Lisboa atravesó por dos épocas de gran esplendor:
la primera con los descubrimientos marítimos de los siglos XV
y XVI, cuando Vasco da Gama abrió la ruta del comercio hacia
las Indias; la segunda tiene lugar en el siglo XVIII, cuando se empiezan
a explotar las riquezas minerales de Brasil y de las colonias africanas
y asiáticas. Lisboa era entonces el principal puerto comercial
de Europa.
Este apogeo tuvo su trágico final el 1 de noviembre de 1755,
cuando tres temblores de gran intensidad sacudieron la ciudad a partir
de las 9:30 de la mañana. Los incendios que se produjeron y el
maremoto que asoló las costas acabaron con la vida de 40.000
de los 270.000 habitantes que poblaban la ciudad. El terremoto acarreó
notables reestructuraciones arquitectónicas y urbanísticas,
entre ellas la creación del barrio de La Baixa.
Y por ahí, podemos empezar nuestro recorrido: La Baixa
o ciudad baja es el centro neurálgico de la ciudad. En ella podemos
encontrar grandes bancos, oficinas y organismos oficiales, en clara
contradicción con las gentes que la circundan, pues la zona está
llena de mendigos, vendedores de lotería, limpiabotas y demás
exponentes de precariedad económica. Es, en suma, un exponente
de las contradicciones de la misma Portugal. Las partes más atractivas
de la Baixas son sus plazas y en la periferia, las callejuelas que corren
por el este hacia la Sé (catedral) y ascienden por el
oeste hacia el Bairro Alto; se las conoce como Chiado, el barrio
más opulento de la ciudad con comercios de clase y maravillosos
cafés antiguos (Rua Garrett). El más famoso de
estos cafés es A Brasileira, frecuentado por generaciones
de intelectuales, y en el que una estatua de Pessoa da la bienvenida
a los clientes. En la misma zona encontramos el Museu de Arte Comtemporânea,
sito en la Rua Serpa Pinto, aunque para ver arte contemporáneo
es preferible elegir las colecciones de la Fundaçao Calouste
Gulbenkian, considerada el mejor museo de Portugal y legado del
magnate petrolero armenio del mismo nombre. Es un gran centro cultural
edificado en un magnífico complejo arquitectónico, y cuenta
con colecciones de prácticamente todas las etapas del arte occidental
y oriental. En ellas se pueden apreciar desde piezas arqueológicas
egipcias hasta joyas de diseño actual. La fundación cuenta
además con una orquesta, tres salas de conciertos y dos galerías
para exposiciones. Es asimismo patrocinadora de casi todos los eventos
culturales que se celebran tanto en Lisboa como en provincias, donde
cuenta con algunos museos y bibliotecas.
Bajando hacia la plaza del Rossio, de nuevo los protagonistas
son los cafés. La plaza es modesta y su única concesión
a la grandiosidad es el Teatro Nacional, que antes del terremoto
era el Palacio de la Inquisición; en ese tiempo la plaza era
el lugar para las ejecuciones y los autos de fe, así como para
las corridas de toros. En la cercana Iglesia de Sao Domingos la
inquisición leía sus sentencias.
En la parte cercana al río, encontramos la Praça do
Comércio, que es conocida también con el nombre popular
de Terreiro do Paço. En ella se encuentra el antiguo café
de Martinho da Arcada, donde Pessoa tenía una de sus tertulias
preferidas. La plaza está en proceso de recuperación por
parte de las autoridades lisboetas, ya que recientemente ha llegado
a estar muy frecuentada por pequeños traficantes de drogas.
La Baixa está salpicada de numerosas calles en las que abundan
las tiendas y que conservan el nombre de los antiguos gremios que las
ocuparon: Rua da Prata, Ruo dos Sapateiros, Rua do Ouro y Rua
do Comércio son las más importantes. Merece la pena
recorrer sus singulares mercados, como el de Riveira o el mercado
de pescado que se celebra detrás de la estación de Cais
do Sodré todos los domingos. En él se pueden ver todavía
estampas tan tradicionales como la de las pescaderas que acuden cargando
enormes cestas con la cabeza y pregonando a gritos su mercancía.
También puede resultar interesante el mercado de Ribeira,
a la derecha de la estación, especialmente por las frutas, verduras
y especias que en él se pueden comprar. Tras una noche de movida
en el Bairro Alto, el mercado de frutas y verduras ofrece la
posibilidad de tomarse un delicioso vaso de cacao (chocolate) caliente
con los vendedores desde muy temprano en la madrugada. Este mercado
y su bar se organizan junto al río.
En el centro de La Baixa se alza la Catedral (Sé), fundada
en 1150 para conmemorar la reconquista de la ciudad a los moros y construida
sobre los restos de la antigua mezquita árabe. Es de estilo románico,
con un gran rosetón y torres gemelas en su hermosa fachada. Para
subir hacia el Castelo de Sao Jorge, símbolo de la ciudad
y antigua residencia real, se accede por la Rua do Limoneiro,
pasando por las ruinas de un teatro romano, el Miradouro de Santa
Luzia y la sede del Museo Artes Decorativas Portuguesas.
El castillo no alberga grandes tesoros, pero sí un riquísimo
bagaje histórico (pregunte por la historia del sitio del castillo
por los cruzados), además de un bella panorámica de la
ciudad que se extiende a sus pies. Dentro de las murallas se halla el
pequeño barrio medieval de Santa Cruz, y al norte se extiende
el antiguo barrio de Mouraria, es decir, la morería. Se
están haciendo esfuerzos por recuperarlo, pues está casi
en ruinas y es uno de los reductos de la prostitución de las
ciudad.
La zona más antigua de la capital es el Alfama (donde
hay que ir para escuchar auténtico fado), que se extiende
desde las murallas del Castillo hasta el Tajo sobre una masa rocosa
que la preservó del terremoto. Data de la época árabe
y es uno de los barrios con más sabor de Lisboa, con sus calles
empinadas y adoquinadas y la vitalidad que le proporciona el ser barrio
de los pescadores.
La Rua de Sao Pedro es la principal calle comercial de esta zona,
al final de la cual se encuentra el animado café Largo do
Chafariz de Dentro. Para encontrar cafés-restaurantes típicos
en los que saborear comidas tradicionales a precios muy razonables la
mejor opción es Rua de Regueira.
En el Campo de Santa Clara, a las afueras de Alfama, se celebra,
los martes por la mañana y todo el sábado, la Feira
da Ladra, el rastro de Lisboa. Sin ser una maravilla, ofrece la
posibilidad de convivir con los lisboetas y adquirir desde artesanía
de las antiguas colonias hasta efectos militares de desecho pasando,
por supuesto, por la ropa usada. Muy cerca de aquí se encuentra
el monasterio renacentista de San Vicente de Fora, con una austera
fachada geométrica. El antiguo refectorio monástico fue
convertido en 1855 en el Panteón de la Casa de Braganza,
en el que se encuentran enterrados todos los reyes de Portugal, desde
Juan IV a Manuel II.
No lejos de ahí se encuentran el Museo de Artilharia y
el más interesante Museu dos Azulejos, en el que destaca
sobremanera una pieza de 37 metros construida en el sigo XVIII que representa
una panorámica de la ciudad.
El Bairro Alto es el centro de la vida nocturna lisboeta. Su
trazado es del siglo XVII, y ofrece un aspecto totalmente diferente
de día y de noche; merece la pena pasearse por sus calles y apreciar
el contraste. Para llegar a él se pueden utilizar el elevador
de Santa Justa -un impresionante funicular que asciende a gran velocidad-
y los tranvías-funiculares, conocidos como Elevador da Gloria
y Elevador da Bica. En la periferia del barrio de encuentran
las iglesias del Carmo y Sao Roque. El Convento do Carmo fue
la iglesia más grande de la ciudad, que durante el terremoto
quedó medio destruida; en la actualidad hay en el un pequeño
museo arqueológico. Cerca del Chiado se encuentra Sao Roque,
famosa por la capilla de San Juan Bautista, construida con los materiales
más caros. Cerca de Sao Roque se puede visitarla Igleja dos
Mártires, construida donde los cruzados levantaron su campamento
durante el sitio de Lisboa.
Al norte de la Praça dos Restauradores se encuentra el Parque
Eduardo VII, el más importante de la ciudad. En el se encuentra
la famosa Estufa Fría, que no es sino un inmenso invernadero
lleno de maravillosas flores y plantas, y con estanques en los que se
pueden ver flamencos y gran variedad de palmeras y cactus.
En la avenida Duarte Pacheco se alza Amoreiras, el más
nuevo centro comercial de Lisboa e interesante ejercicio de arquitectura
posmodernista. El enorme edificio, visible desde toda la ciudad, alberga
10 cines, 60 restaurantes, un hotel y 370 tiendas que a diario permanecen
abiertas hasta las 11 de la noche.
La zona norte de la ciudad es de las menos visitadas por los turistas,
pero hay en ella un par de museos que merecen el paseo. El Museu
da Cidade se alberga en el Palacio Pimienta, y en él
se pueden contemplar grabados pinturas y maquetas de la Lisboa de antes
del terremoto. En el Museu do Traje se exhiben exposiciones temporales
sobre trajes. El mismo o más atractivo tiene el parque circundante,
uno de los mejores de Lisboa, con una estupenda cafetería y un
pequeño Museu de Teatro en él.
Siguiendo con el tema de los museos, no se puede dejar de mencionar
el Museo de Arte Antiga, que ejerce como pinacoteca nacional
lusa. No tiene el esplendor ni la variedad del Gulbenkian, pero sí
una espléndida colección de pinturas portuguesas de los
siglos XV y XVI expuestas con mucho gusto en un palacio de la época.
Este museo se encuentra en el barrio de Lapa, dos km al este
de la Praça do Comércio.
En el barrio de Belem se alza el gran Monasterio de los Jerónimos,
una de las joyas de la arquitectura manuelina clasificada por la UNESCO
como patrimonio de la humanidad. De aquí partió Vasco
da Gama en 1497 en su viaje a la India, ordenando Manuel I la construcción
del monasterio como agradecimiento por el éxito del viaje. Es
una de las mejores muestras del arte manuelino, y destaca en él
su claustro, una de las más originales y bellas obras
arquitectónicas de Portugal.
Cerca del monasterio hay varios museos: el Museo da Marinha,
dedicado a las gestas marineras, cuenta, además de maquetas,
con barcos enteros, haciéndolo uno de los más interesantes
de su clase en el mundo; junto a él, y ya con un contenido menos
relevante se encuentran el Museu de Arqueologia y el Museu
Agrícola do Ultramar. A 200 metros del monasterio, y bañada
por el mar se encuentra otra buena muestra del arte manuelino: la Torre
de Belém. Tiene una acusada influencia árabe en su
exterior, y fue en el siglo XIX utilizada como cárcel.
Cerca se encuentran varios museos más. El mejor es el Museu
de Arte Popular, que ofrece colecciones de las artesanías
de todas las provincias portuguesas. Igual motivo, pero proveniente
de las colonias exhibe el Museu de Etnologia.
A poca distancia se alza el Monumento a los descubrimientos,
erigido en 1960 como homenaje a Enrique el Navegante y, por extensión,
a las hazañas descubridoras de los marineros lusos. Subiendo
a lo alto del conjunto se contempla una hermosa vista del Tajo y la
Torre de Belem. No lejos de la zona monumental se encuentra el Palacio
da Ajuda, con decoración romántica original, y, a
pocos minutos de aquí, el Museu dos Coches, una gigantesca
exposición de carrozas reales que pasa por ser la atracción
más visitada de la ciudad. Otro de los atractivos del barrio
de Belem es la posibilidad de darse un baño en la cercana playa.
La
playa oficial de los lisboetas se encuentra al sur de la capital, y
es la llamada Costa da Caparica. Es una playa bastante larga,
llena de chiringuitos y con algunos campings, y recorrida casi en su
totalidad por un tren eléctrico que en cada una de sus 20 paradas
ofrece una playa de distinto ambiente. Las primeras son más familiares,
y las últimas más juveniles, pudiéndose encontrar
algunas nudistas y otras de ambiente gay. Además de en tren,
se puede acceder a la playa en ferry desde Lisboa o por carretera, cruzando
el imponente puente colgante o Ponte 25 de Abril. Ambos trayectos
ofrecen bellísimas vistas de la ciudad. No se debe dejar de visitar
el Christo-Rey y subir a lo alto de la estatua: desde ella se
contempla una increíble postal de Lisboa casi a vista de pájaro.
Hacia el oeste de Lisboa, en dirección a Estoril, el primer suburbio
importante más allá de Belém es Oeiras,
donde el Tajo ya se convierte en mar. Aquí se ubica el Palacio
do Marqués de Pombal, antigua residencia del reconstructor
de Lisboa tras el terremoto de 1755. La siguiente parada es Carcavelos,
que posee una extensísima playa con numerosos bares. Más
adelante, Parede ofrece una playa menos espectacular pero un
paraíso para el buen gastrónomo, pues cuenta con restaurantes,
cervecerías y pastelerías de excelente calidad y precios.
Un poco más adelante llegamos al principal centro balneario de
la Costa Azul, Estoril, mundialmente conocida por su casino y
que en su época de esplendor, tras la II Guerra Mundial. fue
considerada como una especie de Riviera portuguesa: grandes villas y
lujosos hoteles. Además del casino, del golf y de la playa, hay
una gran cantidad de bares y clubs para vivir la noche.
Siguiendo en la misma dirección se llega a Cascais, próximo
a la playa de Guincho, ciudad de bares y vida nocturna, sobre
todo en su parte occidental. Pese a ser una ciudad muy turística,
no ha perdido el encanto del pueblito de pescadores que fue, y los miércoles
se celebra un animado mercado muy frecuentado por los nativos de Cascais.
En las afueras, al oeste, se encuentra el agradable Parque Marechal
Carmona, con una mansión de los Condes de Guimaraes perfectamente
conservada con todo su mobiliario del siglo XIX, ahora convertida en
museo. Mas allá, a 1.5 Km.. el famoso acantilado de la Boca
do Inferno, lleno de cuevas excavadas por las olas. Está
siempre repleto de turistas y sólo es espectacular cuando hay
tormenta; pero en el camino hacia allí se encuentra una pequeña
y tranquila playa, con un bar muy agradable en el que se hacen deliciosas
parrilladas.
Sintra
Hacia el interior el visitante se topa con Sintra, pequeña
ciudad romántica situada en la sierra de su mismo nombre, a la
que Lord Byron llamó 'un glorioso Edén'. El Palacio
Nacional fue la residencia oficial de verano de los reyes de Portugal,
y es una amalgama de estilos gótico y manuelino, con originales
formas curvilíneas. El Palacio da Pena es uno de los más
destacados del estilo romántico portugués. También
hay que mencionar las ruinas del Castelo dos Mouros, desde las
que se contempla toda la ciudad, y el Palacio de Seteais, que
alberga hoy un elegante hotel.
Mafra
Unos kilómetros al norte de Sintra se puede visitar Mafra
y su Palacio-Convento, antigua residencia real construida
por Juan I a imitación del Escorial, pensado en principio como
un pequeño monasterio, pero que debido a la megalomanía
del monarca acabó conviertiéndose en un enorme edificio
en el que se derrocharon recursos (los que la corona traía de
Brasil) y extravagancia, ofreciendo un resultado impresionante. El edificio
es una mezcla de barroco y neoclacisismo italiano. Posee 5.200 puertas,
2.500 ventanas y dos exagerados campanarios, cada uno con 50 campanas.
Entre sus salas destaca la Sala dos Trofeus y la enfermería
de las dependencias monásticas.
Volviendo dirección sur hacia la capital, y muy cerca de ella,
Queluz ofrece el perfecto contrapunto al palacio de Mafra, pues
su Palacio es un equilibrado edificio considerado como la obra cumbre
del rococó portugués. Rodeado de laberínticos y
cuidadísismos jardines, el palacio aún se usa como residencia
para dignatarios extranjeros. Pero lo más notable del palacio
es su biblioteca, que contiene 35.000 volúmenes.
En la orilla Sur del estuario del Tajo, atravesando el puente colgante,
se encuentran Setúbal y su costa. A 50 km de Lisboa, Setúbal
es el tercer puerto en importancia del país, y continúa
siendo un lugar acogedor y agradable aunque sin la belleza que hizo
a Hans Christian Andersen declarar que se encontraba ante el 'paraíso
terrenal'. Hay que visitar en Setúbal la Igreja de Jesus, de
estilo gótico tardío, retocado en el siglo XVII con una
bella bóveda sostenida por unos originales pilares. Junto a ella
se encuentra un pequeño e interesante museo municipal. Al oeste
de la ciudad, el bar del castelo Sao Felipe permite divisar una sensacional
panorámica de la desembocadura del Sado y la península
de Tróia. En esta península se encuentran las playas más
concurridas de Setúbal, y a ella se accede en un servicio de
ferry. El centro de la península se encuentra, muy urbanizado,
pero caminando unos kilómetros hacia el sur es posible encontrar
playas vírgenes y paisajes de gran belleza.
El que busque naturaleza y preciosas playas de debe dirigir al Parque
Natural de la Sierra de Arrabida y su Convento, encantador paisaje
mediterráneo. En busca de tranquilidad y buen marisco, el viajero
no debe dejar de bajar hasta Sesimbra, que aunque va adquiriendo
fama entre los turistas, conserva aún intacto el encanto de pequeño
pueblo pesquero en el que se puede acudir a la subasta diaria del pescado.
Además de la pequeña y deliciosa playa, Sesimbra ofrece
al visitante un castillo árabe, un interesante museo municipal
y la manuelina Igreja da Mai. Pero el lugar más típico
es Porto Abrigo, el puerto de la ciudad, con sus barcas pintadas de
brillantes colores.
|